La deriva de X: del ultimátum del gobierno británico a las advertencias ignoradas de ElRubius

La transformación de Twitter en X bajo el mando de Elon Musk continúa generando controversia, entrelazando problemas de seguridad actuales con decisiones polémicas tomadas en los inicios de su gestión. La plataforma se enfrenta ahora a una crisis de reputación en el Reino Unido que amenaza con un éxodo institucional, una situación que resuena con las preocupaciones que figuras clave de la comunidad, como el streamer español ElRubius, plantearon hace tiempo sobre la gestión del contenido y la veracidad de las cuentas.

X bajo el escrutinio del gobierno británico

La situación en el Reino Unido ha escalado rápidamente. Kerry McCarthy, diputada laborista y quien fuera la primera “zar de Twitter” del partido antes de las elecciones de 2010, ha calificado la red social de “pozo negro” (cesspit). McCarthy ha instado a los ministros y al propio Partido Laborista a abandonar la plataforma de inmediato, argumentando que la situación “ha ido demasiado lejos”.

El detonante de esta reacción ha sido el uso indebido de ‘Grok’, la herramienta de inteligencia artificial de la plataforma. Se han reportado múltiples casos en los que esta IA ha sido utilizada para generar imágenes sexualizadas de personas sin su consentimiento, lo que ha encendido las alarmas sobre la falta de moderación. Ante esto, el primer ministro Sir Keir Starmer ha lanzado un ultimátum a Elon Musk, anunciando que el gobierno tomará “medidas rápidas” para abordar los abusos cometidos mediante esta tecnología. Paralelamente, el regulador Ofcom ha iniciado una investigación formal, poniendo a la red social en el punto de mira de las autoridades.

Los antecedentes: el choque con la comunidad

Este caos actual no es un hecho aislado, sino parte de una cadena de decisiones cuestionadas desde que el magnate sudafricano adquirió la empresa. Desde el principio, la obsesión de Musk por rentabilizar la plataforma a través de modelos de suscripción generó fricciones con los usuarios más influyentes.

Uno de los episodios más reveladores de esta desconexión entre la directiva y la comunidad fue la conversación pública mantenida con ElRubius. Cuando Musk anunció su intención de cobrar una mensualidad —inicialmente de 8 dólares— por la insignia de verificación, el creador de contenido español fue una de las voces que, junto a escritores como Stephen King o Neil Gaiman, cuestionó la lógica de la medida. No se trataba solo del dinero, sino de la devaluación del estatus de “verificado”, que pasaba de ser una garantía de identidad a un simple recibo de pago.

Riesgos de suplantación y seguridad

En aquel intercambio, ElRubius planteó una duda razonable que anticipaba los problemas de moderación que hoy denuncia el gobierno británico: la facilidad para los troles de causar estragos. El streamer preguntó directamente qué impediría a un usuario cualquiera pagar la cuota, cambiar su nombre y foto por los de Elon Musk y tuitear haciéndose pasar por él.

La respuesta de Musk fue escueta, admitiendo que la suplantación “ya pasa muy frecuentemente”. Sin embargo, el argumento del empresario se basaba en una premisa económica punitiva: si un trol paga y es detectado, será suspendido y la plataforma se quedará con su dinero. Para Musk, el beneficio económico prevalecía, asumiendo que la pérdida de los 8 dólares sería disuasoria suficiente. El tiempo y las críticas actuales sobre la proliferación de contenido falso y dañino sugieren que dichas barreras no han sido tan efectivas como se prometía.

Oportunidades perdidas de mejora

Durante aquel debate, ElRubius no se limitó a criticar, sino que ofreció alternativas constructivas para hacer la suscripción más atractiva sin comprometer la seguridad. Sugirió que el pago desbloqueara opciones de personalización, como fotos de perfil y banners animados, comparando la estrategia con la personalización de coches que Musk aplicó en Tesla. “Hazle a Twitter lo que le hiciste a los coches y debería ser fácil”, le aconsejó.

Aunque Musk prometió en su momento que llegarían “cosas geniales” y novedades en esa línea, la realidad actual de la plataforma, marcada por investigaciones regulatorias y acusaciones de ser un entorno tóxico, dista mucho de aquella visión lúdica. Lo que comenzó como un debate sobre insignias azules y personalización ha derivado en problemas mucho más graves sobre inteligencia artificial y seguridad nacional, dejando en el aire si la red social podrá recuperar la confianza de sus usuarios y de las instituciones públicas.